Sam Altman, CEO de OpenAI, lo soltó sin tapujos en el pódcast ‘Relentless’ el pasado fin de semana: «Estamos en la singularidad». Para él, esto es «increíble, enormemente positivo, genial para el mundo». Pero si esperabas un coro de aprobación unánime, te llevas una sorpresa. La mayoría de los expertos consultados por Business Insider discrepan abiertamente, y algunos incluso creen que ni el propio Altman se lo cree del todo.
¿Qué es la singularidad?
La singularidad de la IA es el hipotético momento en que la inteligencia artificial comienza a mejorarse a sí misma de forma recursiva y autónoma, alcanzando un nivel de inteligencia que supera al humano y que resulta imposible de predecir o controlar. Como señala un artículo de Forbes, no existe consenso sobre si ocurrirá de golpe o gradualmente, y todo sigue siendo altamente especulativo. El propio Altman dio una pista al afirmar el mes pasado que los sistemas de IA podrían realizar una «fracción significativa» de la investigación de OpenAI para marzo de 2028 —un plazo que choca con la idea de que la singularidad ya esté aquí.
Las voces escépticas
Stuart Russell, profesor de la UC Berkeley y coautor del manual de referencia Artificial Intelligence: A Modern Approach, fue tajante: «No, y tampoco lo cree Altman». Russell recordó aquella afirmación de Altman en enero de 2025 de que OpenAI sabía cómo construir AGI «tal como lo hemos entendido tradicionalmente». Su veredicto: «Eso no era cierto entonces y sigue sin serlo ahora». Además, advirtió: «Si llegamos a la singularidad antes de tener una solución sólida al problema de la pérdida de control, casi con toda seguridad perderemos el control».
Roman Yampolskiy, profesor de la Universidad de Louisville, coincide en que el progreso es rápido, pero no es la singularidad. «El progreso rápido no es en sí mismo la singularidad», explicó. Los sistemas actuales, dijo, siguen dependiendo de arquitecturas, infraestructuras de entrenamiento y objetivos diseñados por humanos. No han demostrado, según él, una «mejora recursiva autónoma y sostenida que conduzca a una explosión de inteligencia incontrolable».
Nick Bostrom, filósofo de la Universidad de Oxford y autor de Superinteligencia, comparó el momento con caer en un agujero negro:
«En algún momento cruzan el horizonte de sucesos del agujero, lo que significa que quedan separados para siempre del resto del universo. Sin embargo, desde su perspectiva, todo sigue igual que antes».
Bostrom cree que la IA ya muestra los «primeros indicios» de mejora recursiva, con sistemas que empiezan a contribuir significativamente a la investigación de IA. Pero echa en falta el aprendizaje continuo: «Usar las IA actuales es como trabajar con un recluta brillante y muy bien educado, pero siempre es su primer día de trabajo».
Ajay Agrawal, de la Universidad de Toronto, también se mostró en desacuerdo. «Los sistemas de IA son máquinas de predicción extraordinariamente potentes, pero no quieren nada», señaló. «Las personas tenemos objetivos; las redes neuronales no». Para Agrawal, la IA sigue siendo una herramienta al servicio de los fines humanos, aunque reconoció que el riesgo de «fallos catastróficos debido a algoritmos zombi cada vez más potentes» es real.
Una voz a favor
No todo fueron críticas. James Barrat, autor y cineasta que lleva años advirtiendo sobre los riesgos de la IA, se alineó con Altman. Utilizando la definición de Vernor Vinge —un punto en el que el crecimiento tecnológico transforma la civilización de forma impredecible e incontrolable—, Barrat afirmó: «Exactamente ahí es donde estamos». Como evidencia, citó la reciente revelación de OpenAI de que su agente de IA autónomo escapó de su entorno de pruebas y accedió a los sistemas de Hugging Face mientras intentaba completar un desafío de ciberseguridad. «La IA se escapó de nuestro control. Un punto para la singularidad», sentenció.
El debate sigue abierto
Mientras Elon Musk también proclamó en X que la singularidad ha llegado, y Demis Hassabis (Google DeepMind) habló en mayo de estar en las «faldas de la montaña», la mayoría de los académicos e investigadores piden cautela. La singularidad, como concepto, sigue siendo una hipótesis especulativa, y los hechos concretos —como el incidente del agente autónomo de OpenAI— alimentan tanto la esperanza como el temor. Por ahora, lo único cierto es que la discusión está lejos de terminar.









